Primavera en miniatura

Cabe sorprenderse cuando día a día observas tus diminutos árboles y como por arte de magia afloran con la misma fuerza, como si estuvieran inmersos  en un bosque. Extrañada ante tanta perfección, parpadeas incrédula… Brote tras brote, ves como colman sus ramas escuetas, ves como emergen tibias sus hojas bañadas por el sol…

Hoy quiero dedicarle unas palabras a este hermoso Olmo. Tiene apenas dos años. Su cuerpo no supera los treinta centímetros y tiene una hermosa copa de enrevesadas ramas que les da una forma redondeada. Aunque parezca desprotegido y desnudo, ha superado este invierno de crudas temperaturas. Ahora le toca vestirse y engalanarse con sus mejores trajes.

 

Un trocito de primavera 

 
Ténues brotes que cruzan ávidos el borde de una rama,
intentando alcanzar un trozo de cielo.
Intentando conquistar un suspiro al aire.
 Brote tras brote. 
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Entre cerezos en flor

Te asomas casi sin darte cuenta. La Vera, un rincón repleto de vida. Florecientes cerezos te acompañan durante todo el recorrido, mientras atraviesas sus pequeños pueblos sosteniendo un ay entre los labios y un brillo aterciopelado en la retina. Un mar de cascadas, gargantas y piscinas naturales que hilvanan un sinfín de frescas imágenes,  y dejan al caminante un dulce sabor a primavera.

 

Verde y blanco sus cerezos

 entre alfombras blancas caídas como si nada,

salpican sus tierras.

Verde y grises sus muros,

muros de piedra ribeteando sus caminos,

escalonando sus campos.

Madera en sus vigas 

y columnas que sostienen como por arte de magia,

vestigios de otras épocas. 

Manjares de la tierra, queso, miel, y cerezas…

Paseando por estas tierras, la primavera se siente, se huele, se observa, se respira, se susurra, se admira. Queriendo que el tiempo se ralentice y como fotogramas poder palpar cada movimiento, cada brote, cada pétalo rozando la tierra.

En estos días incluso más relucientes asoman entre las nubes y la lluvia, los pueblos de la Vera. Algunos tan entrañables y pintorescos, como sus propios nombres, te atrapan.

Para recordar “Garganta la Olla” y “Guijo de Santa Bárbara”.


Palabras en el jardín olvidado

-No debes esperar que alguien venga a rescatarte -continuaba Madre, con mirada perdida-. Una niña que espera que la rescaten nunca se salvará así misma. Incluso aunque tenga los medios, descubrirá que le falta valor. No seas así, Eliza. Debes encontrar tu valor, aprender a rescatarte, no depender de nadie.

Kate Morton


Entre nieblas

En estos días su cuerpo le pesaba más de lo acostumbrado, soportaba como por inercia el levantarse todas las mañanas, arrastrándose sobre sí misma, como un pesado carro repleto de arena. Una arena que se diluía entre grietas como reguero olvidado. Su pérdida inevitable, no aligeraba peso alguno, parecían volver de nuevo, como remolinos revueltos por el viento, a reposar sus minúsculos cuerpos, recomponiéndola.

Las primeras luces rojizas del alba asomaban discretas entre las delgadas tablillas de madera de las contraventanas, que hacía apenas unos minutos había desplegado. El viento del norte mecía su cuerpo con demasiado entusiasmo, dejándose caer entre ventanas  y visillos. Apoyada sobre la cama, demasiado revuelta, reposaba la nuca gustosamente en la curva descendente del colchón.

El trabajo la aislaba por unas horas. La rutina le hacía dejar de lado, sus devaneos con esas noches de insomnio, aunque aquellos desvelos que rumiaba entre horas, le atraía con un gustillo dulce. El azúcar que vaciaba sobre la cucharilla sin apenas prestar atención, había cubierto su cupo, cayendo mitad en el plato, mitad en el espumoroso borde de la taza, que absorbía abriéndose hueco.  Su mirada, atravesando un primer obstáculo de unos carteles algo pasados de tiempo en la pequeña cristalera, se abandonaba a la caída lenta y minuciosa de unas gotas rebalosas por la pátina de una de las arcadas de la plazoleta,  y allí donde terminaban, se desprendían como si nada, desgajadas, hasta caer sin cuenta alguna, relucientes en un diminuto charco.

A pesar de la insistencia del camarero, que se debatía entre el barullo de la gente, por conseguir aunque fuese por casualidad una mirada al borde mismo de la barra, mientras aguantaba en alto un pequeño plato con una escueta tostada; no lograba sacarla de su embelesamiento. Perdida como estaba en otros tiempos, los murmullos, las charlas continuas que se enlazaban sin ton ni son unas con otras, el sonido implacable de cucharillas, platos y rugir de sillas arrastradas, amortiguaban sus imágenes, que flotaban sobre ella como una esfera, aislándola, olvidándola. Pero el camarero, insistía con su cara desencajada, empinando su cuerpo más de la cuenta sobre una caja, intentando llamar su atención. Prefiriendo para ello salir al paso de la barra, atravesando  murmullos y codazos,  y calculando sus movimientos para que la rodaja de pan no se estampara, cayera contra el suelo de serrín o sabe en qué otro inoportuno lugar.

El sonido del cristal en la mesa, la trajo de nuevo sobre sí misma.  Algo despistada, sus ojos que parpadeaban extrañados, acogieron la mirada del camarero con tibieza, respondiendo negativamente con la cabeza. Aquella rebanada de pan, algo reseca, no era suya. Los ojos crispados del camarero, refunfuñaron respondiendo con un monocorde sonido entre dientes, dejando el plato sobre la mesa de al lado, que lo miraban desesperados.

Al levantarse, y echar a andar, no dejaba de recordarse buscar otro lugar. Aquello habría sido insufrible, de no estar ensimismada. La puerta, que arrastraba su pesado cuerpo, se adhería como una lapa, parecía querer atrapar en su interior a más de un cliente abotargado, no dudaba que lo hubiese conseguido de estar cayendo chuzos. Pero no había motivo suficiente, que la mantuviese por más tiempo entre aquellos cristales, y entre aquella masa espesa que flotaba y brillaba en las mejillas sonrosadas de más de uno. Había sumado una línea más sobre la marca redondeada rasgada en el suelo, dejando atrás un chirriante y espeso sonido de goma. No pudo por menos, mirar de reojo, aquel cartel grasiento, que cuatro trozos de celofán estampaban anunciante, tan sólo cuatro días para las fiestas de Primavera, si anduviésemos por mil novecientos noventa y siete.

Su descanso de unos escasos veinte minutos, no le había dado para más, pensaba sin mirar el reloj, segura que había agotado su tiempo. Pero al rebuscar en su bolso el reloj sin correa que la auxiliaba, aunque sin demasiada confianza en sus reglas, hoy rompía su ingenua sospecha, esta vez las manecillas estaban a su favor. Aún podría disfrutar de un breve paseo.


El prodigio de la memoria

Al igual que todos los días, medio a oscuras y casi a tientas iba apagando una por una todas las luces del largo pasillo en el último piso del teatro. Él y esa vespertina sombra que lo acompañaba, acababa con la rutinaria tarea con un fuerte y estridente golpe, cuando la oxidada puerta metálica del viejo ascensor de carga hacía falso contacto una y otra vez. Esto provocaba en esa usual parsimonia que lo caracterizaba tal estado de inquietud, que transformaba su delicada mano, tersa y elegante mano de pianista aficionado, en una agresiva pieza. Sus dedos, uno tras otro, como si de un perfecto engranaje se tratara, asían con fuerza el picaporte frío y desafiante.

Esperaba ansioso, una tenue luz roja a través del cristal, mientras recorría lentamente el tercer piso, para agarrar su bastón por el extremo, a pesar del ligero vaivén, y enganchar con gran precisión su curvada figura en la arandela de bolitas metálicas que colgaba de la bombilla. Una bombilla ennegrecida por el polvo, que permanecía imponente, suspendida de un rígido cable grueso y negro, iluminando su silueta entre esas cuatro paredes desconchadas mientras descendía hasta el sótano.

En ese breve viaje hacia la oscuridad, la luz de su imaginación se despertaba, como si de un juego se tratase, buscaba para su peculiar colección en aquellas paredes retazos de imágenes fortuitas que su mirada ágil descubría con tanta rapidez que a veces no conseguía retener. Y tal como aparecían, se desdibujaban perdiéndose en ese maremagnum de capas de colores y formas diversas. Algunas permanecían fieles a su imaginación y al paso del tiempo. Con un sobresalto, volvía a la realidad. Ese precario ascensor de sabe dios cuantos lustros le avisaba con una insistente vibración que la jornada había finalizado. Salía con paso firme balanceando su bastón con tal suavidad que su extremo metálico perfectamente pulido terminaba acariciando el desgastado suelo. Tres o cuatro pasos más y las últimas luces se apagarían. Con solemnidad, sin perder detalle de sus propios movimientos, observaba la puerta trasera.

Una puerta, pesada pero quebradiza, con unas impresionantes bisagras algo oxidadas, se imponía altiva. Era algo mágico. Con la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba, observaba con admiración su fortaleza por el paso del tiempo. Pero por más que la mirase no dejaba de desconcertarle, le empequeñecía y le protegía a la vez. Él sabía que el viaje, a esas horas de penumbra había llegado a su última parada. Cruzaría la puerta y tomaría el siguiente tren de regreso a la realidad.

Como un teatro de marionetas, los hilos de su vida se movían a la perfección. Hoy como tantos otros días seguiría pensando lo afortunado que era. Cada día era un continuo viaje hacia su sueño. Un sueño que iba creciendo, como crece en una gruta, esa mágica columna de cristal, gota a gota, ascendiendo y descendiendo, hasta que con cuerpo firme e iluminada transparencia logra mantenerse en pie.

Cuando escuchaba, lo hacía muy cerca del escenario, tras el cortinaje lateral. A veces sus ropas acariciaban levemente su aterciopelado tejido cuando una ligera y casi imperceptible ráfaga de aire balanceaba sus pesados cuerpos. Sus ojos cerrados le permitía navegar por esa inmensa nube de sonidos. Imaginaba sus sinuosos balanceos, sus rompiente de ola quebrada, su ascensión hacia lo infinito.

De entre todas siempre se dejaba seducir por alguna en especial. Sin motivo aparente sus notas penetraban, rebuscando en sus recuerdos, tan ávidas de deseo que no lo dejaban escapar. Lo atrapaban, haciendo que volviera noche tras noche, ensayo tras ensayo, a caer embaucado en sus alas de magia. Esa melodía inciertamente escogida, esos sonidos hábilmente interpretados permanecerían mecidos en el aire, a la espera.

Las notas seguirían flotando en su cabeza, seguirían recorriendo palmo a palmo todo su cuerpo. Impacientes, mientras esperaban el ansiado momento, en que sus dedos deslizándose acariciarían cada una de las teclas del piano reproduciéndola fielmente.

Habían sido muchas las noches, las luces vespertinas que lo habían visto, ahí sentado en su piano, con los ojos cerrados (no quería que imagen alguna lo confundiera o que nada ni nadie lo despertara), en esa anticuada banqueta de piel con patas algo lascadas, donde la última capa de barniz dada, o quizás la primera y última, dibujaba en sus a veces punzantes esquirlas el paso del tiempo. Con sus dedos acariciando cda una de las  piezas del escalonado teclado bicolor, reposadas tibiamente después de haberlas frotado con decisión, y con un delicado giro de muñeca haberlas envuelto como el hilo en la madeja. No podía menos que esperar, a que aquel milagro se produjese. Pero no era milagro alguno, cuando sus manos algo temblorosas se dejaban guiar por su memoria. Ella, la poderosa, que con las alas majestuosas de su cuerpo, le hacía vibrar noche tras noche, sumido en un profundo letargo. Esa hiérática figura que mantenía vivo su sueño, no le defraudaría. Pero necesitaba una muestra de su voluntad. Era cierto que la  invadía, nada injustificado. Al ver sus manos, toda duda se evaporaba con tal rapidez, que un insulto hubiese sido menos vergonzoso.

Con la mirada casi perdida, inclinaba sus párpados dejando la escasa luz de la habitación tras esa puerta cerrada. En su rostro, un leve movimiento, y sus labios perdían toda su regidez, se abandonaban, mostrando su liberada expresión con el subir de sus sonrojados pómulos.

El tiempo se hacía irreal. Los minutos se relentizaban. Todo parecía perder su movimiento natural. Un diminuto reloj parecía querer esconderse tras la columna de libros apilados en una de las variopintas mesas que inundaban la estancia. Sus agujas inquietas rebotaban sobre sí mismas con un imperceptible balanceo, donde derecha e izquierda casi confundían sus espacios y siempre atentas, a la espera de la próxima caída, como un eterno viaje en montaña rusa, donde tras una sucesiva caída rítmica le seguiría una delicada ascensión, una y otra vez. Pero en este viaje las vueltas continuarían.

Un delicado lino salpicado con lágrimas perfectamente bordadas por un reluciente hilo marfil, abrigaba dos grandes ventanales, ahora entreabiertos. El espigado y fruncido cuerpo de las cortinas iba perdiendo forma, a medida que el aire seco y quebradizo, que permanecía a veces durante semanas y que hacía interminables las noches estivales, irrumpía haciendo de las suyas. En semejante situación ondeaba entonces como una vela.

Podían ser dos o quizás tres las cuadradas piezas de ese impresionante tablero de cristal que enmarcaba los grandes huecos de las ventanas, las que con un insistente pero leve tintineo también soportaban el azote del viento. La masilla, quizás demasiado reseca, habría ido perdiendo su consistencia hasta desprenderse del reborde de madera que los sujetaba.

Parecía como si esas viejas estructuras tuvieran vida propia, cada objeto, cada mueble, cada volumen, cada uno de sus enseres habían ido escudriñando cualquier hueco posible con un movimiento ordenado y casi imperceptible, hasta ocupar un lugar. Cualquier objeto nuevo que adquiriese le hacía perder aunque fuese tan sólo por unos momentos toda la armonía, pero con la habilidad de un experimentado interiorista le adjudicaba sin apenas lugar a dudas, su espacio. Y entre tanto, sus apreciadas y embellecidas mesas, posaban con delicado encanto… desde la madera tallada, el fino repujado marroquí en su superficie, la transparencia algo rallada del frío cristal, parecían no querer perder su envidiado dominio.


Pintando estrellas

 

Ya no le daba miedo,

 aquellos pensamientos que a veces arrancaban sus momentos.

Su cuerpo escueto y endeble se debatía entre seguir rasgando los minutos y las horas,

 o cerrar sus ojos y descansar.

 

Pero no dependía de ella,

 aunque había dejado de comer.

 Había decidido que no quería seguir viviendo.

 Y entre voces, susurros y ánimos de los suyos, soportaba el escaso peso de su pequeño cuerpo.

Llegó una tarde a la habitación, acompañada por dos mujeres y un hombre.

Nos marchamos después de diez días.

Diminuta queda.

Sobre las luces de días pasados.

 Con la tierna compañía de sus nietos e hijos.

Tibia, la tristeza de la pérdida.

 


Cruce de miradas

            Ingenua curiosidad.

  Un suspiro, un simple pestañeo.

El silencio. Un leve rumor.

Tic-tac, tic-tac.

 Calles, lluvia, música. Puentes, pinceles,humor.

 Día tras día… “los gestos normales de la gente normal en situaciones  normales”.

 

Robert Doisneau