Entre nieblas

En estos días su cuerpo le pesaba más de lo acostumbrado, soportaba como por inercia el levantarse todas las mañanas, arrastrándose sobre sí misma, como un pesado carro repleto de arena. Una arena que se diluía entre grietas como reguero olvidado. Su pérdida inevitable, no aligeraba peso alguno, parecían volver de nuevo, como remolinos revueltos por el viento, a reposar sus minúsculos cuerpos, recomponiéndola.

Las primeras luces rojizas del alba asomaban discretas entre las delgadas tablillas de madera de las contraventanas, que hacía apenas unos minutos había desplegado. El viento del norte mecía su cuerpo con demasiado entusiasmo, dejándose caer entre ventanas  y visillos. Apoyada sobre la cama, demasiado revuelta, reposaba la nuca gustosamente en la curva descendente del colchón.

El trabajo la aislaba por unas horas. La rutina le hacía dejar de lado, sus devaneos con esas noches de insomnio, aunque aquellos desvelos que rumiaba entre horas, le atraía con un gustillo dulce. El azúcar que vaciaba sobre la cucharilla sin apenas prestar atención, había cubierto su cupo, cayendo mitad en el plato, mitad en el espumoroso borde de la taza, que absorbía abriéndose hueco.  Su mirada, atravesando un primer obstáculo de unos carteles algo pasados de tiempo en la pequeña cristalera, se abandonaba a la caída lenta y minuciosa de unas gotas rebalosas por la pátina de una de las arcadas de la plazoleta,  y allí donde terminaban, se desprendían como si nada, desgajadas, hasta caer sin cuenta alguna, relucientes en un diminuto charco.

A pesar de la insistencia del camarero, que se debatía entre el barullo de la gente, por conseguir aunque fuese por casualidad una mirada al borde mismo de la barra, mientras aguantaba en alto un pequeño plato con una escueta tostada; no lograba sacarla de su embelesamiento. Perdida como estaba en otros tiempos, los murmullos, las charlas continuas que se enlazaban sin ton ni son unas con otras, el sonido implacable de cucharillas, platos y rugir de sillas arrastradas, amortiguaban sus imágenes, que flotaban sobre ella como una esfera, aislándola, olvidándola. Pero el camarero, insistía con su cara desencajada, empinando su cuerpo más de la cuenta sobre una caja, intentando llamar su atención. Prefiriendo para ello salir al paso de la barra, atravesando  murmullos y codazos,  y calculando sus movimientos para que la rodaja de pan no se estampara, cayera contra el suelo de serrín o sabe en qué otro inoportuno lugar.

El sonido del cristal en la mesa, la trajo de nuevo sobre sí misma.  Algo despistada, sus ojos que parpadeaban extrañados, acogieron la mirada del camarero con tibieza, respondiendo negativamente con la cabeza. Aquella rebanada de pan, algo reseca, no era suya. Los ojos crispados del camarero, refunfuñaron respondiendo con un monocorde sonido entre dientes, dejando el plato sobre la mesa de al lado, que lo miraban desesperados.

Al levantarse, y echar a andar, no dejaba de recordarse buscar otro lugar. Aquello habría sido insufrible, de no estar ensimismada. La puerta, que arrastraba su pesado cuerpo, se adhería como una lapa, parecía querer atrapar en su interior a más de un cliente abotargado, no dudaba que lo hubiese conseguido de estar cayendo chuzos. Pero no había motivo suficiente, que la mantuviese por más tiempo entre aquellos cristales, y entre aquella masa espesa que flotaba y brillaba en las mejillas sonrosadas de más de uno. Había sumado una línea más sobre la marca redondeada rasgada en el suelo, dejando atrás un chirriante y espeso sonido de goma. No pudo por menos, mirar de reojo, aquel cartel grasiento, que cuatro trozos de celofán estampaban anunciante, tan sólo cuatro días para las fiestas de Primavera, si anduviésemos por mil novecientos noventa y siete.

Su descanso de unos escasos veinte minutos, no le había dado para más, pensaba sin mirar el reloj, segura que había agotado su tiempo. Pero al rebuscar en su bolso el reloj sin correa que la auxiliaba, aunque sin demasiada confianza en sus reglas, hoy rompía su ingenua sospecha, esta vez las manecillas estaban a su favor. Aún podría disfrutar de un breve paseo.

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