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El prodigio de la memoria

Al igual que todos los días, medio a oscuras y casi a tientas iba apagando una por una todas las luces del largo pasillo en el último piso del teatro. Él y esa vespertina sombra que lo acompañaba, acababa con la rutinaria tarea con un fuerte y estridente golpe, cuando la oxidada puerta metálica del viejo ascensor de carga hacía falso contacto una y otra vez. Esto provocaba en esa usual parsimonia que lo caracterizaba tal estado de inquietud, que transformaba su delicada mano, tersa y elegante mano de pianista aficionado, en una agresiva pieza. Sus dedos, uno tras otro, como si de un perfecto engranaje se tratara, asían con fuerza el picaporte frío y desafiante.

Esperaba ansioso, una tenue luz roja a través del cristal, mientras recorría lentamente el tercer piso, para agarrar su bastón por el extremo, a pesar del ligero vaivén, y enganchar con gran precisión su curvada figura en la arandela de bolitas metálicas que colgaba de la bombilla. Una bombilla ennegrecida por el polvo, que permanecía imponente, suspendida de un rígido cable grueso y negro, iluminando su silueta entre esas cuatro paredes desconchadas mientras descendía hasta el sótano.

En ese breve viaje hacia la oscuridad, la luz de su imaginación se despertaba, como si de un juego se tratase, buscaba para su peculiar colección en aquellas paredes retazos de imágenes fortuitas que su mirada ágil descubría con tanta rapidez que a veces no conseguía retener. Y tal como aparecían, se desdibujaban perdiéndose en ese maremagnum de capas de colores y formas diversas. Algunas permanecían fieles a su imaginación y al paso del tiempo. Con un sobresalto, volvía a la realidad. Ese precario ascensor de sabe dios cuantos lustros le avisaba con una insistente vibración que la jornada había finalizado. Salía con paso firme balanceando su bastón con tal suavidad que su extremo metálico perfectamente pulido terminaba acariciando el desgastado suelo. Tres o cuatro pasos más y las últimas luces se apagarían. Con solemnidad, sin perder detalle de sus propios movimientos, observaba la puerta trasera.

Una puerta, pesada pero quebradiza, con unas impresionantes bisagras algo oxidadas, se imponía altiva. Era algo mágico. Con la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba, observaba con admiración su fortaleza por el paso del tiempo. Pero por más que la mirase no dejaba de desconcertarle, le empequeñecía y le protegía a la vez. Él sabía que el viaje, a esas horas de penumbra había llegado a su última parada. Cruzaría la puerta y tomaría el siguiente tren de regreso a la realidad.

Como un teatro de marionetas, los hilos de su vida se movían a la perfección. Hoy como tantos otros días seguiría pensando lo afortunado que era. Cada día era un continuo viaje hacia su sueño. Un sueño que iba creciendo, como crece en una gruta, esa mágica columna de cristal, gota a gota, ascendiendo y descendiendo, hasta que con cuerpo firme e iluminada transparencia logra mantenerse en pie.

Cuando escuchaba, lo hacía muy cerca del escenario, tras el cortinaje lateral. A veces sus ropas acariciaban levemente su aterciopelado tejido cuando una ligera y casi imperceptible ráfaga de aire balanceaba sus pesados cuerpos. Sus ojos cerrados le permitía navegar por esa inmensa nube de sonidos. Imaginaba sus sinuosos balanceos, sus rompiente de ola quebrada, su ascensión hacia lo infinito.

De entre todas siempre se dejaba seducir por alguna en especial. Sin motivo aparente sus notas penetraban, rebuscando en sus recuerdos, tan ávidas de deseo que no lo dejaban escapar. Lo atrapaban, haciendo que volviera noche tras noche, ensayo tras ensayo, a caer embaucado en sus alas de magia. Esa melodía inciertamente escogida, esos sonidos hábilmente interpretados permanecerían mecidos en el aire, a la espera.

Las notas seguirían flotando en su cabeza, seguirían recorriendo palmo a palmo todo su cuerpo. Impacientes, mientras esperaban el ansiado momento, en que sus dedos deslizándose acariciarían cada una de las teclas del piano reproduciéndola fielmente.

Habían sido muchas las noches, las luces vespertinas que lo habían visto, ahí sentado en su piano, con los ojos cerrados (no quería que imagen alguna lo confundiera o que nada ni nadie lo despertara), en esa anticuada banqueta de piel con patas algo lascadas, donde la última capa de barniz dada, o quizás la primera y última, dibujaba en sus a veces punzantes esquirlas el paso del tiempo. Con sus dedos acariciando cda una de las  piezas del escalonado teclado bicolor, reposadas tibiamente después de haberlas frotado con decisión, y con un delicado giro de muñeca haberlas envuelto como el hilo en la madeja. No podía menos que esperar, a que aquel milagro se produjese. Pero no era milagro alguno, cuando sus manos algo temblorosas se dejaban guiar por su memoria. Ella, la poderosa, que con las alas majestuosas de su cuerpo, le hacía vibrar noche tras noche, sumido en un profundo letargo. Esa hiérática figura que mantenía vivo su sueño, no le defraudaría. Pero necesitaba una muestra de su voluntad. Era cierto que la  invadía, nada injustificado. Al ver sus manos, toda duda se evaporaba con tal rapidez, que un insulto hubiese sido menos vergonzoso.

Con la mirada casi perdida, inclinaba sus párpados dejando la escasa luz de la habitación tras esa puerta cerrada. En su rostro, un leve movimiento, y sus labios perdían toda su regidez, se abandonaban, mostrando su liberada expresión con el subir de sus sonrojados pómulos.

El tiempo se hacía irreal. Los minutos se relentizaban. Todo parecía perder su movimiento natural. Un diminuto reloj parecía querer esconderse tras la columna de libros apilados en una de las variopintas mesas que inundaban la estancia. Sus agujas inquietas rebotaban sobre sí mismas con un imperceptible balanceo, donde derecha e izquierda casi confundían sus espacios y siempre atentas, a la espera de la próxima caída, como un eterno viaje en montaña rusa, donde tras una sucesiva caída rítmica le seguiría una delicada ascensión, una y otra vez. Pero en este viaje las vueltas continuarían.

Un delicado lino salpicado con lágrimas perfectamente bordadas por un reluciente hilo marfil, abrigaba dos grandes ventanales, ahora entreabiertos. El espigado y fruncido cuerpo de las cortinas iba perdiendo forma, a medida que el aire seco y quebradizo, que permanecía a veces durante semanas y que hacía interminables las noches estivales, irrumpía haciendo de las suyas. En semejante situación ondeaba entonces como una vela.

Podían ser dos o quizás tres las cuadradas piezas de ese impresionante tablero de cristal que enmarcaba los grandes huecos de las ventanas, las que con un insistente pero leve tintineo también soportaban el azote del viento. La masilla, quizás demasiado reseca, habría ido perdiendo su consistencia hasta desprenderse del reborde de madera que los sujetaba.

Parecía como si esas viejas estructuras tuvieran vida propia, cada objeto, cada mueble, cada volumen, cada uno de sus enseres habían ido escudriñando cualquier hueco posible con un movimiento ordenado y casi imperceptible, hasta ocupar un lugar. Cualquier objeto nuevo que adquiriese le hacía perder aunque fuese tan sólo por unos momentos toda la armonía, pero con la habilidad de un experimentado interiorista le adjudicaba sin apenas lugar a dudas, su espacio. Y entre tanto, sus apreciadas y embellecidas mesas, posaban con delicado encanto… desde la madera tallada, el fino repujado marroquí en su superficie, la transparencia algo rallada del frío cristal, parecían no querer perder su envidiado dominio.

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